8/15/2009

6/05/2009

En el sonido 4

Luis ha vuelto a bajar a la clínica, no quería, pero le he obligado. Todo el mundo tiene que trabajar aunque no quiera, es parte de eso de ser un miembro útil para la sociedad. Es lo que queremos todos, o al menos, lo que se supone que queremos; un engranaje perfecto que no chirríe y nunca pare, un reloj que solo avance y nunca se atrase. Yo, por suerte tengo a María para que me sustituya en el trabajo. María es la chica que permite que yo siga sintiéndome como una muchachita de facultad (cosa que tampoco hace tanto tiempo que dejé de ser), todavía levantándome a horas tardías en comparación con el resto del mundo. Ella abre la tienda todas las mañanas, y cumple su turno con la mayor responsabilidad y perfección, es una mujer decidida y ordenada, tiene todas esas cualidades que yo solo vislumbro de lejos en mi. Le he dicho a Luis que la llamaría para que me cubriese también por la tarde, y el me ha aconsejado que lo haga durante al menos toda una semana para que intentemos trabajar para intentar que lo que ha pasado, no vuelva a pasar nunca.

Admiro la fortaleza de este hombre, es como si tuviera la voluntad de un misionero. Es altruista, como si esa palabra existiera realmente según la etimología popular. Una persona que se sacrifica a si mismo por el bien de los demás no puede entrar en mi cabeza después de que reverberen en mis oídos las palabras de Hobbes, “El hombre es un lobo para el hombre…” Y menos ahora que el mundo me ha enseñado su cara más cruda, fétida, pútrida y desagradable. Sin embargo, hay veces que entre las cenizas pareces encontrar un brote al que, sin duda, cuando crezca te podrás agarrar. Es el caso de Luis, el quiere ayudarme, y aunque eso implique meterle en lugares que nunca debería ver, me siento débil y asustadiza, pequeña e indefensa, y necesito poder agarrarme a algo. Lo siento, me disculpo ante la oscuridad de su sino.

Llevo tan solo unas horas sentada en este sofá blanco, con las piernas cruzadas y los brazos igual, con la tele encendida, la cabeza ladeada y la mirada perdida en los gestos de presentadores y contertulios que hablan de nimiedades varias. Odio la televisión, pero nunca lo recuerdo. Solo encuentro diversión en las series, pequeños retazos de imaginación animada. Todo capítulo con su desenlace, todo héroe alcanza su destino, todo mártir deja de sufrir. Salto de un pensamiento trivial a otro, apartando agrios pensamientos. ¿Cómo mantendrá Luis blanco este sofá?, con este color tan claro debe resultar difícil que la suciedad no se pegue… y cosas así, he recorrido también toda la habitación leyendo los títulos de libros y películas, ojeando revistas por encima, admirando la doble faceta de este curioso personaje.

Tengo sueño, y me dirijo a la habitación que se me ha designado. Otra habitación blanca, esta casa tiene una atmósfera tan distinta a la mía. Es una casa pulcra y ordenada, una casa que más parece una clínica, todo reluce, todo huele a orden y limpieza. Me tumbo en la cama azul marino y cierro la puerta de la habitación con pestillo, bajo las persianas e intento cerrar los ojos y descansar. Me escuecen, debe ser por la llantina silenciosa que he mantenido casi toda la mañana. Me siento compungida, agobiada… Siento como si mi corazón estuviera aguantando su latido, congelado durante minutos hasta seguir bombeando. Por fin me quedo dormida.

Después de minutos, u horas me desvelo y oigo pasos arrastrándose por el pasillo. ¿Qué hora es? ¿Dónde estoy? Sigo en casa de Luis, cierto. ¿Quién es la persona que se acerca por el pasillo?, ¿es el? Entonces por qué no ha saludado al entrar, no ha dicho nada, tan solo arrastra los pies en dirección a donde me encuentro. Mi respiración cada vez se oye más fuerte, y no se si mis costillas podrán aguantar este ritmo. Suenan toques en la puerta, alguien está llamando. Los golpes van in crescendo, convirtiéndose así en un aporreo constante de la madera, que parece que vaya a deshacerse ante mis ojos. Me quedo congelada mirando la puerta, aovillada esperando que deje de vibrar.

- ¡Sara! ¡Sara! ¡Por Dios Sara, abre la puerta! Dime que no lo has hecho de nuevo. Por favor, que no lo haya hecho… - La preocupación borboteaba en la voz de Luis. ¿Llevaría mucho tiempo gritando? No he podido reaccionar antes, pero me levanto y abro el pestillo. - ¡Estas aquí! – No creo haber visto más alegría en los ojos de nadie al mirarme. – Pensaba que lo habías hecho otra vez. ¡Por favor, no vuelvas a cerrar el pestillo! – Torció el gesto después de gritar, seguro que por pensar que podría afectarme su tono de voz, sin saber que nada podría ya afectarme salvo las sombras que me perseguían fuera de lo real. – No he querido gritarte, pero necesitaría que no volvieras a cerrar el pestillo, así estaría mucho más tranquilo.

- No lo haré más. – Una promesa es una promesa, así esté vacía por dentro, igualmente cumple la función que debiera, hacerle pensar que confiaré en estar segura dentro de su casa sin necesitar un pestillo.

La tarde transcurrió lenta y, sin embargo, suave y amena. Por un momento casi olvidé la nueva misión que tenía encomendada. Lo recordaba de manera intermitente y seguía empujando el pensamiento al abismo como cuando debemos hacer algo en un plazo fijado pero preferimos posponerlo sin límite, tan solo contando las posibles horas de las que disponemos, y repartiendo nuestras acciones en un tiempo ficticio.

En algún momento mi búsqueda debería comenzar.

5/28/2009

Lúdicce 2

Por desgracia seguía devaneando por los muros de Lúdicce sin encontrar a un solo alma... Por la calle los cristales de las ventanas me enseñaban imagenes de mejores tiempos y me mostraban el reflejo de una ciudad otrora resplandeciente, quizás ya décadas atras. Siguiendo mi camino encontré la casa de Lili, la pequeña aldeana de cabellos rubios y ojos verdes a la que decidí abandonar sin promesa de regresar. Y ahí estaba yo, de vuelta en la fantasmagórica ciudad repleto de falsos pretextos, buscándola. No me interesaba nada de lo que hubiera acontecido en su vida, ni si habría encontrado consuelo en los brazos de otro que le hubiese arrebatado la virtud (virtud que, por otro lado, yo siempre había querido poseer); no importaba, yo había sido su principe, y así debía ser de nuevo.

Andar por los escarpados recuerdos de Lúdicce no me hacía ningún bien, siempre todo lo que recordaba parecía haber tenido algo que ver con ella, y mucho de lo que hiciera después. Me pregunté mientras caminaba, si hubiera sido mi vida mejor si me hubiera quedado con ella. ¿Hubiera estado repleta de amor y felicidad? Me inclino más a pensar, que todo lo que hice debió tener su significado, y que, de esta manera, ahora quien soy es mejor que quien era antes de irme.

La panadería por un momento parecía invadir la ciudad con olor a pan recien hecho, parecía poder oler la mezcla a barro y fiera suelta por entre los caminos de roca y arena, sin embargo todo seguía tan solitario y silencioso como cuando entré. El castillo no me había aportado ninguna información, y parecía ser que cualquier resto escrito hubiera sido quemado en una ofrenda al porvenir.

Por una esquina asomó una larga cabellera dorada, ondeando en una cascada sobre un vestido demasiado ajustado en la cintura, y demasiado vaporoso de caderas hacia abajo. ¿Podía ser ella, la que andaba tanto buscando? Y en ese caso... ¿Merecía yo su perdón? Nadie sabe con que excusa retomar un camino que fue abandonado sin ninguna razón real, con solo el sentimiento, o la necesidad de libertad y descubrir. Por supuesto, todas estas preguntas que mi subconsciente lanzó, no sirvieron de nada para parar a mis pies, que decidieron correr por si solos tras el espejismo.

- ¡Lili! ¡Liliam! - Grité entre el sonido de mis zancadas, pero ella no paró.

Efectivamente parecía haberse tratado de un vil truco jugado por mi mente, ya que calle tras calle solo me aguardaba el silencio. En mi cabeza resonaban las últimas palabras que le había dicho, "Tengo que irme". Sin más explicación, sin que ella pudiera hacer nada al respecto, y por esa razón ni siquiera contestó, y a lo largo de días solo pude verla vagar por la ciudad arrastrándo el vestido que le regalé por el barro, mutilándolo sin piedad, esperando que eso socavara mi corazón como hizo. No puedo arrepentirme para siempre de haber decidido lo que decidí. No puedo, y no lo haré, pero si puedo intentar mirar al futuro a los ojos, dejar la cobardía enterrada, y olvidar los infames recuerdos quizás el decida tenderme una mano y limpiarme la brea hecha de culpabilidad que me cubre.

5/02/2009

Lúdicce 1

[Esto es por culpa del Silent Hill seguro... xDD]



"Hice la promesa de no morir allí. Ahora que estaba ante los muros de la ciudad abandonada sentía una tristeza desconocida... una melancolía que nunca había experimentado. ¿Realmente echaba de menos la ciudad? ¿Los recuerdos?


Tras los muros de Lúdicce no existía ya vida, todo lo que quedaba era una capa de polvo robusta y peleona que se resistía a desaparecer y gobernaba las viviendas. Demasiadas veces había cruzado las puertas para escapar de una realidad demasiado ocura para mi. La pobreza y la ignorancia habían causado más estragos que cualquier enfermedad. Yo no era consciente en mis primeros años de vida, de lo que podía estar pasando en mi propia ciudad. Mis padres me escondian entre los muros del castillo, esperando que nunca tuviera que salir y enfrentarme a las miradas llenas de odio de todos los habitantes.


La primera vez que escapé para ver como era todo encontré a muchos de mis queridos ciudadanos enfermos, demacrados, arrastrándose por el suelo; otros semidesnudos practicando diversas actividades hmmm...entretenimientos... (bueno, no existe una manera cordial de decirlo, por lo que me ahorraré imaginaos esa escena) en cualquier parte de la ciudad, a descubierto y bajo la luz del día.


Simplemente la visión de una realidad tan cruda y sucia se me hizo inaguantable. Lo que yo leía, lo que veía, lo que me contaban se hallaba muy lejos de lo que estaba viendo en esos momentos. Cuando tuve la edad suficiente decidí embarcarme en un viaje de diplomacia (o al menos, eso es lo que les conte a mis muy queridos padres), para conocer mundo y estrechar lazos con nuestros compatriotas o vecinos de tierras circundantes. Hace cinco años de eso ya, y la razón por la que decidí volver a encontrarme con mis familiares ha sido una noticia que corrió de boca en boca por todo el país y decia que la ciudad de Lúdicce había desaparecido. Nadie podía creer casi lo que estaban comentando. Siempre oías a alguien decir que debían estar equivocándose, que Lúdicce no podía haber desaparecido así porque sí, que debía haber sido asediada, y el otro conversador siempre afirmaba que su información era cierta, y que todos los habitantes de la ciudad habían desaparecido así como así de allí.

La noticia me había calado hondo. Tenía una curiosidad creciente por saber qué podía haber pasado para que tal cosa sucediera. Desaparecer... no puede ser tan fácil, y sobre todo quería saber qué era lo que había forzado a los ciudadanos a salir de allí.


Seguía caminando por las calles, levantando oleadas de polvo y arena con los pies. La panadería estaba cerrada, al igual que el resto de las casas. No debía haber sido entonces una salida repentina. Me dirigí al castillo en busca de mis padres o alguien que pudiera informarme de lo acontecido. Al entrar me sobrevino una sensación que revolvió todo mi cuerpo, una sensación ágria, un miedo a los recuerdos y a lo tan poco familiar que resultaban ahora las paredes de lo que antes llamaba hogar. Me sentía como si estuviera entrando a hurtadillas en una casa ajena para robar, y el olor a humedad y vejez no me ayudaban a eliminar los malos pensamientos de mi cabeza.


En el salón había una chimenea enorme que se encargaba de hacer más agradables las veladas invernales, ahora en ella no habían llamas, pero ante ella se encontraba una señora en cuclillas intentando encender un trozo de madera, o al menos eso supuse. La señora tenía el pelo canoso y rizado, muy largo, y las ropas un tanto ajadas, grises y polvorientas como su pelo y el resto de la escena, sin embargo tenía manos finas y jovenes que parecían acariciar el aire por el que se movían.


- Oiga. ¿Sabría usted explicarme lo que ha ocurrido en esta ciudad?


La señora no me contestó. Cuando me acerqué a ella me di cuenta de que no estaba encendiendo madera, sino que agarraba una moneda entre sus manos y la acariciaba con los pulgares.


- Señora, ¿no me oye?


Me acerqué a ella y la llamé rozándole el hombro izquierdo, la señora se giró hacia mi y me sonrió mostrándome más de un par de huecos oscuros donde antes debían haber existido dientes, dándome la moneda con suavidad y agarrando mi mano entre las suyas.


- Señora, que tal si usted me cuenta qué le ha sucedido a la ciudad.


La señora me miró profundamente durante unos segundos y sonriendo abrió la boca para mostrarme lo que debían ser los restos de su lengua cortada. Me asusté y salté hacia atrás callendo sobre un montículo de madera que estaba construido junto a la chimenea. Cuando me levanté, la señora ya había desaparecido y me había dejado con la moneda prisionera dentro de mi mano derecha. Era una moneda curiosa, no había conocido ninguna como esa, tenía un emblema en el que había dibujado una pira y dentro una mujer sentada desnuda, en lo que debía ser suelo. Las dos caras eran iguales. Me guardé la moneda en el bolsillo y reanudé mi expedición por el castillo, ahora más asustado que antes, solo sintiendo el miedo a una posible aparición de la señora sin lengua.